“Unión solemne”: grave discriminación

En el siglo XVI se debatía si los indígenas tenían alma. Durante buena parte del siglo XIX el centro de

En el siglo XVI se debatía si los indígenas tenían alma. Durante buena parte del siglo XIX el centro de la controversia giró en torno a la abolición de la esclavitud. En el siglo XX se discutió si las mujeres tenían derecho al voto. Ahora se debate en el Congreso de la República si los homosexuales tienen derecho al matrimonio igualitario. Si todos somos igual de dignos, ¿Por qué tanto lío en reconocer que tenemos los mismos derechos?

Colombia es un Estado Social de Derecho fundado en la democracia y en el respeto a la dignidad humana. Como es bien sabido, la democracia va mucho más allá de elegir representantes para que estos deliberen y tomen decisiones, en un sentido más amplio es una forma de convivencia social donde todos sus miembros son iguales y libres. Por lo tanto, una sociedad que no ofrece un idéntico trato, una misma protección y no le reconoce los mismos derechos a los homosexuales, no puede considerarse como una sociedad verdaderamente democrática. Al ser aprobada por el Congreso de la República la “unión solemne”, en vez del “matrimonio igualitario”, habría un gran avance y un grave retroceso al mismo tiempo. El progreso se ve reflejado en que los efectos jurídicos  son idénticos a los del matrimonio heterosexual. El criterio de que  los bienes jurídicos de los homosexuales se protejan efectivamente puede ser considerado más importante que el mismo fundamento formal, que las mismas leyes. Pero la existencia de una figura jurídica alternativa para el matrimonio, como lo es la “unión solemne”,  constituye también un claro ejemplo de discriminación por la orientación sexual. Llamar al contrato que tiene como fin formalizar la unión de dos parejas del sexo opuesto: “matrimonio”, y al contrato que tiene como objeto formalizar la unión de dos personas del mismo sexo: “unión solemne”, es tan discriminatorio como si existiera un contrato de compraventa que regule la relación contractual entre blancos y negros, o como si hubiera un contrato de arrendamiento en el que los  arrendatarios son indígenas, o uno para regular las relaciones comerciales entre hombres y mujeres. La “unión solemne” que pretenden instaurar nuestros congresistas nos recuerda a las figuras del derecho romano que regulaban diferentes relaciones jurídicas entre los ciudadanos, las mujeres, los libertos y los esclavos. Nominar  los contratos  por razones de sexo, raza, condición, religión, opinión u orientación sexual implicaría un grave retroceso para nuestra sociedad. Están muy equivocados quienes piensan que formalizar la unión de dos personas del mismo sexo es contrario a la naturaleza. Al haberse comprobado que hay personas que nacen homosexuales, podemos afirmar que la heterosexualidad es una generalidad más no una universalidad y es tan natural ser heterosexual como homosexual. También es bastante desacertada la afirmación de que la etimología de la palabra matrimonio no permite que se pueda aplicar a la unión de parejas del mismo sexo. Si bien matrimonio se deriva la expresión "matris munium" proveniente de dos palabras del latín: la primera "matris", que significa "madre" y, la segunda, "munium", "gravamen o cuidado", viniendo a significar "cuidado de la madre", podemos considerar que en la actualidad esto tiene una implicación exclusivamente semántica. A través de la historia, son muchísimas las palabras que han cambiado su significado original. Para demostrarlo, qué mejor que acudir a la etimología de la palabra “patrimonio”. Patrimonium en latín se refiere a  la situación jurídica de quien era el propietario de todo, que, por su etimología y por la Realidad de la época romana, era el padre, el pater familias. Para terminar, me parece pertinente citar  una reflexión de Vargas Llosa. No se equivocaba el nobel latinoamericano cuando en una columna publicada hace un año el diario la República de Perú expresó: “Se ha avanzado mucho en la lucha contra el racismo, sin duda, aunque sin extirparlo del todo.  Hoy, por lo menos, se sabe que no se debe discriminar al negro, al amarillo, al judío, al cholo, al indio, y, en todo caso, que es de muy  mal gusto proclamarse racista. No hay tal cosa aún cuando se trata de gays y lesbianas, a ellos se los puede despreciar y maltratar impunemente.  Ellos son la demostración más elocuente de lo lejos que está todavía buena parte del mundo de la verdadera civilización.”