Mientras que la gran mayoría de las selecciones de fútbol saltan a la cancha con prendas inspiradas por las franjas, estrellas o cruces de sus banderas, el caso de Japón sigue rompiendo el molde. Quien observe su insignia patria verá un lienzo blanco inmaculado con un imponente círculo rojo en el centro, el símbolo del sol naciente. Sin embargo, al mirar el terreno de juego, lo que aparece es una marea de color azul.
La paradoja es puramente futbolística. En el país asiático, disciplinas como el vóley o el softbol sí han elegido históricamente el rojo para hacer honor a sus símbolos nacionales. Pero el equipo de fútbol, conocido mundialmente como los “samuráis azules”, camina por un sendero distinto desde hace casi un siglo. Un sendero cuyo origen exacto, curiosamente, nadie puede comprobar con total certeza.
Para entender esta historia hay que retroceder en el tiempo. Cuando la Asociación de Fútbol de Japón (JFA) se inauguró en 1921, el país solía ser representado en los Juegos del Campeonato del Lejano Oriente por equipos universitarios. No fue hasta 1930 que se formó la primera selección nacional con jugadores de todos los rincones del país. Al momento de elegir la indumentaria, los pioneros se inclinaron por un azul pálido. ¿Por qué?
La teoría que pisa más fuerte entre los historiadores locales apunta a las aulas. Se dice que el color se eligió para respetar el uniforme celeste de la Universidad Imperial de Tokio (actual Universidad de Tokio), cuyo equipo estudiantil fue el gran semillero y la columna vertebral de aquella primera selección. No obstante, el folclore del fútbol prefiere otra explicación más poética: que el azul es un homenaje directo a las aguas del Océano Pacífico que rodean y protegen a las islas del archipiélago.