A ojos de Neil Postman, el problema se resumía en solo tres palabras: “Y ahora… Esto”. Esa frase fue todo el fenómeno. Aquellos de ustedes que estén en Estados Unidos seguramente han escuchado al respecto; en el Reino Unido también, aunque aquí a menudo ya no es necesario decirlo: es un cambio en el asiento, una variación de los ángulos de cámara, una modificación de tono.
De cualquier manera, es uno de los pilares de las transmisiones informativas. Es el momento en el que un conductor cambia rápidamente de velocidad, deslizándose aparentemente sin esfuerzo desde el negocio serio de las noticias —guerras y tragedia, así como miseria y corrupción— hacia algo sin relación alguna y, con frecuencia, alegre o incluso inspirador: cosas efímeras sobre la realeza, las celebridades o gatitos que no pueden bajarse de un árbol.
En su innovador libro de 1985, “Divertirse hasta morir”, Postman argumentó que la frase “Y ahora… Esto” era mucho más perniciosa de lo que podría haber parecido (o de la intención que tenía).
Era prueba, escribió, de que las noticias en la televisión habían perdido de vista el límite entre información y entretenimiento, de que habían priorizado darle a la gente lo que quería ver en lugar de decirles lo que necesitaban saber.
La desconexión abrupta —el repentino cambio de tono— era igual de poderosa. Al modificiarla tan rápidamente, en tan solo tres concisas palabras, los programas de noticias difuminaban las líneas entre lo que era importante y lo que no lo era. Al yuxtaponer lo serio con lo frívolo —y a menudo al darles a cada uno el mismo tiempo al aire— le arrebataron a lo serio su significado.
Los medios escritos también hacen esto, por supuesto, ya sea en papel o en una pantalla, con la esperanza de que si no pueden atrapar tu atención con una crónica de eventos, entonces, podrían tentarte con una receta de cocina o una reseña de cine o algo sin importancia sobre un partido de futbol.
A veces, esas secciones tienen márgenes claramente definidos. En ocasiones, se mezclan uno con el otro y los límites entre lo importante, y lo que no lo es, comienzan a desvanecerse.
He estado pensando mucho sobre la obra de Postman en el contexto de la propuesta de adquisición del Newcastle United por parte de un consorcio principalmente financiado por el Fondo de Inversión Pública, el fondo de riqueza soberana de Arabia Saudita.
El trato, con un valor aproximado de 370 millones de dólares, se espera que sea ratificado en las próximas dos semanas; la Liga Premier todavía no lo aprueba de manera oficial.
Por supuesto, ha generado mucha controversia: Amnistía Internacional, que ha etiquetado a Arabia Saudita como el Reino de la Crueldad, ha escrito a la Liga Premier para advertir que permitir que continúe la adquisición ponía en riesgo a la liga de convertirse en un "pusilánime ante aquellos que quieren usar el glamur y el prestigio del futbol de la Liga Premier para encubrir acciones que son profundamente inmorales”.
La Liga Premier respondió, de manera moderadamente brusca, a esa afirmación. Pero será mucho más difícil eludir la queja de BeIN, la cadena de televisión con sede en Catar que funge como el socio de la Liga Premier en el golfo, que sostiene que no se debe permitir la inversión de Arabia Saudita en una liga a la que ha intentado socavar durante una considerable cantidad de tiempo, a través de una cadena de transmisión pirata.
Tal vez piensas que eso sería suficiente para darle una razón a la Liga Premier para suspender el trato o por lo menos acabar con los deseos de los hinchas de Newcastle de ver cómo se completa la adquisición. Cuando eres un niño, sueñas con que tu equipo anote goles, gane trofeos y alcance la grandeza.
No sueñas con que sea arrastrado contra su voluntad y con propósitos desconocidos a un conflicto geopolítico en ebullición entre Estados soberanos.
Es difícil medir las proporciones con precisión, pero es justo decir que de manera evidente al menos una porción de los fanáticos asiduos del Newcastle tiene pocas dudas, o ninguna, al respecto. Existe una gran cantidad de razones para eso, antes de adentrarnos en el fútil debate que tiende a saturar las redes sociales en temas como este.
La principal de ellas es un deseo abrumador, largamente anhelado y entendible de deshacerse del actual dueño del Newcastle, el magnate de la ropa deportiva Mike Ashley, quien ha mostrado poco respeto a la historia del club y a las esperanzas de sus hinchas.
Además, ahí está —de nuevo y de manera comprensible— la creencia de que no les corresponde a los fanáticos protestar por la inversión saudita en el fútbol cuando el gobierno británico hace tratos con el país y cuando Abu Dabi, el aliado de Arabia Saudita en la guerra en Yemen, es el dueño del Manchester City.
Si la Liga Premier está suficientemente feliz de que Mohamed bin Salmán llegue y se una a la fiesta, ¿por qué debería haber una carga moral más pesada para los fanáticos del Newcastle de la que estas instituciones tienen que soportar?