La Copa del Mundo no es solo el trofeo que todos quieren levantar. Es una joya de oro, una pieza de valor incalculable y uno de los símbolos más poderosos del deporte. Detrás de su brillo hay una historia cargada de robos, misterios, guerra, héroes inesperados y un destino que ha cambiado varias veces de forma.
El trofeo que espera por España o Argentina en la final del Mundial de este domingo en Nueva York está elaborado en oro de 18 quilates, pesa más de seis kilos y tiene un valor estimado, solo por el metal, que puede oscilar entre los 250.000 y los 300.000 dólares. Sin embargo, su verdadero precio va mucho más allá.
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Para coleccionistas, historiadores y especialistas, se trata de una pieza única. Si alguna vez llegara a una subasta, su valor podría alcanzar cifras astronómicas, no solo por el oro, sino por lo que representa: la gloria máxima del fútbol.
La primera Copa del Mundo sobrevivió a una guerra
La historia comenzó en 1930 con el Trofeo Jules Rimet, una estatuilla diseñada por el escultor francés Abel Lafleur. La pieza representaba a Niké, la diosa griega de la victoria, y estaba elaborada en plata esterlina chapada en oro, sobre una base de lapislázuli.
Medía 35 centímetros y pesaba 3,8 kilos. Era tan pequeña que, con el paso de los años, su base tuvo que ser modificada para poder incluir las placas de los nuevos campeones.
Pero su primer gran capítulo no ocurrió en una cancha, sino durante la Segunda Guerra Mundial. Italia era la campeona vigente tras ganar el Mundial de 1938 y el trofeo estaba en Roma. Ante el temor de que las tropas nazis o fascistas lo confiscaran, el dirigente italiano Ottorino Barassi, vicepresidente de la FIFA, decidió retirarlo en secreto de un banco.
Lo escondió debajo de su cama, dentro de una vieja caja de zapatos. Los soldados alemanes registraron su casa, pero nunca revisaron ese lugar. Así, la Copa del Mundo sobrevivió a la guerra.
Pickles, el perro que salvó el Mundial
La historia del trofeo volvió a dar un giro insólito en 1966, meses antes del Mundial de Inglaterra. La Copa Jules Rimet fue robada en Londres y el caso se convirtió en una vergüenza internacional para las autoridades británicas.
Mientras Scotland Yard intentaba resolver el robo y aparecían exigencias anónimas de rescate, un ciudadano llamado David Corbett salió a pasear a su perro Pickles, un border collie blanco y negro.
El perro olfateó un paquete envuelto en periódicos junto a la rueda de un automóvil. Al abrirlo, Corbett encontró la silueta de la diosa Niké. Pickles acababa de encontrar la Copa del Mundo.