En el corazón del Pacífico colombiano, en una pequeña franja de tierra llamada isla de Cascajal, nació Yuri Buenaventura, uno de los mayores embajadores de la salsa en el mundo. “Nací por partera, mientras los vecinos tocaban tambores y hacían un arrullo”, recuerda con esa voz pausada que lleva el eco de los tambores de su tierra.
“Desde niño —dice— nací con los tambores. Todo mi entorno era música. Los curunos, los arrullos, los sonidos de la comunidad afrodescendiente del Pacífico marcaron mi personalidad. Yo soy étnicamente negro, y mi música también lo es. Es una música negra del Pacífico”.
Aquella primera sinfonía de tambores fue el preludio de una vida marcada por el ritmo, la migración y el arte como resistencia.
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El salto a París: del bongó en el metro a los escenarios del mundo
Con apenas 18 años, Yuri empacó su tambor y su esperanza y voló hacia París en 1988. “Cuando uno está joven, esas aventuras no son difíciles. Uno tiene la fuerza de la juventud y las ganas de llegar”, cuenta.
Su historia parece un guion de cine: estudiaba economía en la Sorbona y, al mismo tiempo, tocaba el bongó en los metros y terrazas parisinas para poder sobrevivir. Pero entre notas y monedas, su destino empezó a cambiar. “Le fui cogiendo más cariño a la música que a la economía. Pasaba más tiempo tocando que estudiando. Al final dije: no, yo soy músico. Y gracias a Dios, la música me abrió el camino”.
Y fue precisamente un sueño el que confirmó su destino. “Vi un ser que bajaba del cielo y me entregaba un bongó. Yo le dije: ‘¿Y qué voy a hacer con esto?’. Me respondió: ‘Hombre de poca fe’. Desde ese día supe que me dedicaría a la música”.
De la salsa en francés al reconocimiento internacional
En 1995, Yuri Buenaventura rompió esquemas: decidió hacer salsa en francés, un experimento sonoro que unió la cadencia afrocaribeña con la lengua de Baudelaire. “La acogida fue maravillosa, sobre todo en los países francófonos de África y el Caribe: Senegal, Malí, Marruecos, Martinica, Guadalupe… Pudimos llevar nuestra música colombiana a esos territorios y se dio un encuentro intercultural muy hermoso”.
Tres décadas después, esa mezcla cultural se mantiene viva. Yuri no solo ha conquistado escenarios europeos, sino que también ha recibido reconocimientos como el título de Caballero de las Artes y la Medalla del Congreso francés, sin dejar de lado sus raíces.