Han pasado cuarenta años desde aquel 6 y 7 de noviembre de 1985, cuando el país y el mundo fueron testigos de la toma del Palacio por parte del M-19 y de la respuesta militar del Estado, que convirtieron el corazón de Bogotá en un campo de guerra. Cuatro décadas después, seguimos preguntándonos qué ocurrió realmente y qué dice eso de nosotros como sociedad.
Durante estos años, en medio de los reclamos de las familias y de los procesos de paz, surgieron distintas entidades para esclarecer los hechos. Entre ellas, la Comisión de la Verdad, con una tarea incómoda y necesaria: escuchar a sobrevivientes, militares, magistrados, periodistas y familiares, y dejar constancia de lo que muchos intentaron borrar. Su informe no busca héroes, sino memoria.
Recuerda que el fuego fue político, que las desapariciones aún duelen y que la justicia ardió en su propia casa.
Cuando la palabra se rindió ante las armas
El 6 y 7 de noviembre de 1985, el país presenció lo impensable: el Palacio de Justicia, sede de la Corte Suprema y del Consejo de Estado, convertido en escenario de guerra.
A las 11:40 a.m., hombres armados del M-19 irrumpieron en el edificio. Dentro quedaron magistrados, auxiliares, visitantes y trabajadores de la cafetería. Afuera, el Estado respondió con tanques en la Plaza de Bolívar, como si la ciudad se hubiera transformado en un frente de batalla. Testigos relataron que, pese a las llamadas al Ministerio de Defensa, nunca hubo respuesta. Las esposas de los magistrados vieron avanzar los blindados mientras el humo salía por las ventanas.
En medio del caos, el presidente de la Corte Suprema, Alfonso Reyes Echandía, pronunció una frase que aún resuena: “Que cese el fuego”. La Comisión interpretó esas palabras no como un gesto de miedo, sino como una demanda ética, una súplica por la vida en medio del horror. Nadie escuchó. En esas 28 horas, dice el informe, “Colombia renunció a la palabra y dejó que las armas reemplazaran el Estado de derecho”.
La Comisión no absuelve a nadie. Habla de “la demencial toma” del M-19, una guerrilla que confundió política con violencia, pero también denuncia la respuesta estatal como “ilegítima, desproporcionada y copartícipe del Holocausto”. Señala que la orden fue “exterminar a cualquier costo”, incluso a los rehenes, y recuerda que el Gobierno había retirado la vigilancia del Palacio pese a las amenazas, lo que lo hace responsable “por acción y por omisión”.