La senadora colombiana Piedad Córdoba Ruiz, fallecida este sábado a los 68 años, tuvo una dilatada carrera marcada por las luchas políticas, las controversias incluso fuera del país y por su activismo en favor de la paz.
Nacida en Medellín en 1955, siempre fue una figura del Partido Liberal, reconocida tanto por sus posturas de izquierda que le granjearon simpatías y antipatías, como por los turbantes de colores vivos que usaba a diario y que convirtió en su marca personal.
"Piedad reunía una serie de atributos que para la sociedad retrograda eran impasables; era mujer y negra y liberal de izquierdas y amante de la paz y hablaba con guerrilleros y militares y proponía la paz y no la guerra y no quería una sociedad paramilitar ni un gobierno de asesinos", así la definió hoy el presidente colombiano, Gustavo Petro.
Después de graduarse como abogada en la Universidad Pontifica Bolivariana de su natal Medellín, a mediados de la década del 80, entró en la política de la mano del dirigente liberal William Jaramillo, quien impulsó su nombre y la llevó a ser concejal de su ciudad, diputada de la Asamblea de Antioquia, representante a la Cámara y finalmente senadora.
Al Senado llegó en 1994 como sucesora de Jaramillo y rápidamente se hizo notar por situarse en el ala más a la izquierda del Partido Liberal con debates sobre los derechos de las minorías y la necesidad de negociar la paz con las guerrillas, lo que la puso en la mira de los grupos paramilitares que por esos años expandían su tenebroso poder.
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Vínculos con las FARC
Señalada desde entonces como simpatizante de la guerrilla de las FARC, fue secuestrada el 21 de mayo de 1999 en Medellín por orden de Carlos Castaño, entonces jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), quien la mantuvo cautiva durante varias semanas.
"Esto ha sido porque soy una mujer que piensa diferente, que soy de la izquierda", dijo quince años después, en una audiencia en el Tribunal Superior de Bogotá en la que fueron juzgados varios paramilitares involucrados en su secuestro.
Luchadora incansable por la paz y defensora de las causas populares, Córdoba tuvo que tomar el camino del exilio a raíz del secuestro y se estableció con sus hijos en Canadá, de donde regresó meses después para seguir en la lucha política.
En la primera década de este siglo, especialmente durante el Gobierno de Álvaro Uribe (2002-2010), la figura de Córdoba ganó notoriedad por su estrecha amistad con el entonces presidente venezolano Hugo Chávez, lo que la convirtió en blanco de numerosas críticas por la fuerte animadversión que en esa época marcaba la relación entre los dos mandatarios.